miércoles, 2 de diciembre de 2015

TODO EN UN MISMO VERANO...


 
Unos ojos me miran impávidos desde la maleza. Sí. Sé que están ahí porque aún en la oscuridad que me encierra brillan desafiantes. Los he oído ronronear con calma, saboreando el momento placentero de jugar a cazar a su presa. Y yo, que estoy en el punto de mira, me siento tan pequeña que creo que, si lo intento con un poco más de ahínco, podría llegar a desaparecer. Pero cierro los ojos y, por más que insisto, al abrirlos, sigo estando ahí, me sigue mirando. Será porque en lo más profundo de mi ser, en el recoveco más animal, en mi instinto más innato, necesito de tu furtividad lasciva para seguir viviendo. Es en ese momento en el que me doy cuenta de que, sin ser capaz de explicarlo, me siento inherente a tu persona y ardo en deseos de que saltes sobre mí para cazarme y volver a jugar conmigo. Así que yo, cierro los ojos de nuevo y, sin más, me dejo.

Ya está. Había terminado de leer aquel texto encargado como tarea para el taller de escritura al que se había apuntado, su nueva terapia. Ese texto que tantos dolores de cabeza le había dado durante varias tardes de aquel largo mes de agosto. Y no le había dado dolores de cabeza porque se hubiera esforzado demasiado en construirlo, no. El texto lo elaboró en una sentada, frente al mar, mientras apuraba la última cerveza fría de aquel loco verano. Sino porque la única persona capaz de inspirarla a escribir todo aquello había decidido, sin más, dejar de vivir por y para ella de repente. Pero quería escribirlo. Necesitaba hacerlo. Tenía que liberar de alguna manera toda la tensión que había ido acumulando con el paso de los días para cerrar de una vez por todas ese maldito capítulo de su vida.

“Todo junto”, pensó. “Todo en un mismo verano…”  Los cuernos de Javier con Bea, aquel último fin de semana de reconciliación en la playa, la muerte de Pablo, su bebé, mientras ella estaba pasando por fin una tarde de chicas (necesitaba relajarse después de tanto tiempo), el suicidio de Javier… “Cobarde”, musitó. A sus ojos Javier jamás dejaría de ser un cobarde. No reunió el valor para dejarla ni para seguir estando con Bea. Y con lo de Pablo, tan reciente… “Egoísta”. La había dejado sola con todo para siempre…

Pobre Duna. Qué realidad tan distinta…  Sí, es cierto. Javier fue un cobarde y un egoísta. Jugó con ella y con Bea. La dejó sola con su dolor. Pero como en toda historia, siempre hay tantas versiones como protagonistas. Y él decidió dejar de vivir porque ya no se sentía capaz de cargar con el peso de su propia vida sobre los hombros. Seguir ocultando aquella verdad tan cruel estaba apolillándole los huesos, el alma, la vida. Seguir ocultándole que Pablo se había ahogado en su bañerita porque él se excedió hablando por teléfono con Bea, estaba asfixiando su ser. Y se acabó. Lo decidió: suicidarse era el más justo de los castigos. Pero ella no lo sabía.

“Ya está”, pensó. Lo había tenido todo y ahora… Ahora sólo tenía una roca marina en forma de corazón y arena en los bolsillos.

 

 

 

 

 

4 comentarios:

  1. Interesante... Me lo tendré que leer mas veces quizás para situar a los personajes... Me gusta la linea que tiene. Sigue siempre adelante.

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    1. Quería hacer algo distinto. Gracias.

      ¡Un saludo!

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  2. Vaya con Javier!,que suma de despropósitos, o deberíamos decir causa y efecto de la irracionalidad del ser....que profundo ha quedado..jaja, lo sé lo he estropeado pero es que sino no soy yo todo tan forma...., ficción que podría salir de una crónica de sucesos periodística de nuestro día a día !Un relato distinto esta vez, introspección???

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    1. jajaja Nada de introspección. Como ya he comentado alguna vez, me gusta utilizar elementos reales, casos reales en los que basarme para desarrollar historias. No siempre lo hago, por supuesto.
      Por crudo que parezca, se trata de un desafortunado hecho que tuvo lugar hace muchos años. Me lo contaba un profesor de historia en la facultad mientras intentaba transmitirme que, cuando algo así sucede, jamás hemos de preguntarnos el por qué, sino el para qué. Toda vivencia cruel nos sirve para aprender algo de esa experiencia. Es duro, sí. Pero así es la vida.

      Gracias por leerme siempre :)

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